domingo, 22 de junio de 2008

La historia de Pancho, cap. XII

Mi amante furtiva como la llamaba, marcó tremendamente mi sexualidad y mis conducta con el sexo opuesto. Recuerdo que me costó mucho, adaptarme a no cometer imprudencias con mis nuevas conquistas, en esa época era muy mal visto las relaciones sexuales prematrimoniales y las niñas bien, aspiraban a llegar virgen al matrimonio. Yo con apenas 17 años, tenía experiencia de sobra, que ya se la hubieran querido hombres de pelo en pecho. Casi un año, fui prácticamente un esclavo sexual al servicio de una mujer casada. Hoy en día y al recordar aquellas cosas se me paran los pelos, ya que hoy, si alguien hiciera algo así lo secan en la cárcel.
Recuerdo, que era tanto el abuso que me sometió que a veces y mientras preparaba la comida, pelaba porotos o papas, sentada en la meza, me llamaba y me hacía mirar por debajo de la meza. Estaba sin calzones y me pedía que le hiciera sexo oral, mientras preparaba la comida. Se imaginan la escenita, (una mujer preparando la comida, sentada alredeor de una meza, con las piernas abiertas y un muchacho, haciéndole sexo oral). Ahora y visto de la perspectiva de adulto, esta mujer era una pervertida, una corruptora de menores.
A mi ya no interesaba asistir a clase ni estudiar, sólo pensaba en el sexo y para dármelo, me condicionaba a que le hiciera sexo oral, en distintos lugares, mientras cocinaba en la meza del comedor, en la cocina, en el baño, etc., etc., y sólo después de eso, accedía a que yo la penetrara. Pero afortunadamente, luego pude volver a la realidad, salirme de su circulo y rehacer mi vida como un joven normal.

Ese verano como siempre, acompañé a mi padre al aserradero, ya yo era un joven mayor, tenia misiones de supervisor y mi papá me pagaba por ello.

Volví en Marzo al liceo y a mi nueva pensión, estaba encantado, las dos hijas de mi apoderado eran muy lindas, su señora una dama muy cariñosa, así es que mi estadía se hizo muy agradable. Cultivamos una amistad muy sincera, especialmente con la menor de ellas, que se mantuvo con los años y que guardo un especial cariño..

sábado, 21 de junio de 2008

La historia de pancho, Cap.XI, La acosadora

Ese año no supe como pasé de curso, me lo llevaba en la calle, tenía mucho miedo de volver a esa casa y encontrarme con mi acosadora, sobre todo, por lo que había escuchado y leído. Noticias de crímenes pasionales y pensaba que si el dueño de casa me pillaba con su mujer, podría matarme, eso me aterraba.



Afortunadamente llegó el verano y con ello las vacaciones, no tenía mayor interés en volver a Villarrica, ya que fuera del acoso que estaba sufriendo, mi polola me había pateado, para colmo de males.

Ese verano me reencontré con mi primo, el era ya todo un hombre, había vivido unos años en Concepción y veía la vida de manera diferente, ya no era el compesino que yo conocí en mi infancia.
Compartíamos dormitorio y una noche le conté lo que me pasaba con la señora de la pensión, pidiéndole que me diera consejos y me ayudara. Su reacción fue brutal, se enojó muchisimo conmigo, ya que un hombre de verdad no actuaba de esa forma con las mujeres y menos un hombre de nuestra familia. A las mujeres había que darle lo que pidieran, se refería al sexo, no dárselo era como demostrar flaqueza. Derecha mente me preguntó si era maricón, o si me gustaban los hombres. Enseguida hizo que me bajara de la cama y le mostrara el pene y muy enojado me dice "trae esa cuestión pa aca", me lo toma en sus manos y de un movimiento brusco, me echa el prepucio hacia atrás, dejándome el glande al descubierto y con gotas de sangre que me escurrían. Me gritó enojado, ahora ya eres hombre y actúa como tal, cuando esa mina quiera, tu le vas a dar. Después me dio una larga charla sobre sexo y lo bien que se pasaba, si uno era bien macho.
Me sentía avergonzado, le encontré toda la razón, había sido un mariquita y había sufrido en vano, ya que pude haberla pasado muy bien.

Después de esta charla y con una nueva perspectiva de lo sucedido, esperaba con ansias que terminara el verano, para sumirme en los brazos de mi supuesta amante.

Por fin llega marzo y el comienzo de clases, yo todo entusiasmado pensaba que llegando mi acosadora se colgaría de mis brazos o me visitaría en la noche, nada mas errado, estaba absolutamente cambiada, ni siquiera me miraba y su trato era muy frío, eso me desconcertó. Estaba enojada, la perdí para siempre, ya no le gusto, era para molestarme, y mil cosas.
Los meses pasaron lentos, trataba de hablarle y sólo me respondía con monosilábos, si no, sin darme tiempo a que le preguntara cosas.

Un fin de semana que no fui al campo, y mientras hacía tareas en un escritorio que me habían habilitado para hacer mis trabajos, pasó por detrás de mi, me tocó los hombros, me hizo cariño en el cuello y al oído me preguntó "todavía estas enojado conmigo". Como un resorte respondí, que nunca había estado enojado con ella, mas bien tenía miedo. Nuevamente se acercó a mi oído y me dijo, "esta noche tengo para ti una sorpresa".
Muy nervioso, esperé la llegada de la noche, supe que el dueño de casa, había salido fuera y solo estábamos los niños pequeños, ella y yo.

Apenas se obscureció yo estaba en la cama, recordaba lo que me había dicho mi primo y me imaginaba una y mil cosas. El tiempo transcurrió lento, sentía el movimiento de ella en la cocina, los niños ya estaban durmiendo, hasta que en un momento, siento que se apagan las luces del primer piso y empieza a subir la escalera, yo estaba profundamente editado, pasó por el lado de mi cama y me preguntó si estaba despierto. Asentí con la mano, no me salía la voz. No se cuanto tiempo transcurrió, pero a mi me pareció una eternidad, cuando siento que se abre la puerta y aparece con una bata corta y en calzones y sostenes, se introduce en mi cama y me empieza a acariciar. Estaba duro como un garrote y tremendamente nervioso. Se quita los calzones y me pone encima, yo creo que no pasaron dos minutos y ya había eyaculado, fue una sensación muy extraña, alegría, placer, descanso, todo en una misma vez. La mujer seguramente no alcanzó a nada y después de abrazarme y decirme que eso era todo y que no era tan terrible, se fue a su cama. Me dormí profundamente, no creo que serían mas allá de las 21.00 horas. Aún no amanecía, cuando la sentí que nuevamente se metía en mi cama. Ahora un poco mas relajado, la relación duró un poco mas y al menos la disfruté.
Bueno ahora tenía un amante, tenía sexo gratis, cariño y atenciones preferentes. Mi vida nuevamente dio un vuelco, ahora, no me importaba volver a la casa, sino que al contrario, se me transformó en un vicio. Habían días que tenía tres o mas veces sexo, en la mañana al mediodía y en la noche.

Ya no viajaba al campo los fines de semana, tampoco, me interesaba salir a la calle, sólo que mi furtiva amante, requiriera mis servicios. Todo esto fue minando mi estado físico, tenía una ojeras, que me las chuteba, pero estaba feliz. El estudio ya no me interesaba y solo trataba de no repetir el año, por no enojar a mis papás.
Pero todo lo bueno tiene un fin, y lo mio también lo tuvo. Supe la noticia que la familia, se trasladaría a Temuco, al dueño de casa, le ofrecieron cargo de director de una escuela y no lo podían rechazar.
Para mi fue terrible, parece que me había enamorado, tenía sólo 16 años y las dos mujeres que había conocido me abandonaban, no lo podía creer. Pero así fue. Antes de terminar el año, mi padre ya me había encontrado otro lugar. La casa del dueño de una zapatería, que tenía dos hermosas hijas. Esa es otra historia.

viernes, 20 de junio de 2008

La historia de Pancho, cap.X, Expulsado

La expulsión del internado, fue lo mejor que me pudo haber pasado. Mi papá, ante la media embarrada, la primera, que me mandé, debe haber estado mas sensibilizado con lo que le había contado, sobre las penurias que pasé en el internado del cura Antonio, que no hizo mayor cuestión y asumió que me tendría que cambiar de colegio. En todo caso, ya nuestra relación se había hecho muy estrecha, con los constantes viajes, varias meses de estrecho contacto, incluso dormíamos en la misma cama, por lo que habíamos creado un vínculo muy grande que se mantendría hasta el día de su muerte.

Estábamos a mitad del año, y después de que me hubo presentado a mis nuevos apoderados, una pareja un poco dispareja, ella de unos 32 años y dos niños de corta edad, él un hombre mayor, calculo unos cincuenta años, de pelo cano, profesor de un colegio de enseñanza básica. Me recibieron muy bien y todo cambió para mí, podía transitar libremente por la ciudad, que me pareció inmensa y solamente tenía restringida la hora de llegada en la noche, ya que que nunca tuve llaves de la casa, así que siempre llegaba temprano, además de que no había mucho que hacer en ese tiempo y todos se acostaban temprano, salvo cuando de vez en cuando iba al cine.
Ella era dueña de casa y las comidas bastante buenas, ya nunca mas quedé con hambre y me sentía libre, como cuando estaba en el campo.

Me fui de vacaciones, ese año y ya pasaba al segundo de humanidades, todo un éxito para la gente del lugar donde vivía, que escasamente habían terminado la escuela primaria. Mis ansias de aprender no se calmaban, sabía palabras en inglés y en francés y me vanagloriaba de ello, además de que me había aprendido todas las capitales de América y Europa y hacía apuestas con la gente que me conocía, que podían preguntarme cualquier capital del mundo y yo le respondería.
Recuerdo que, viajé con mi padre nuevamente a la cordillera como el le llamaba al lugar donde tenía el aserradero. Yo a esa altura me creía lo de ser el hijo del patrón y abusaba un poco de ello, ya que los demás muchachos me rendían pleitesía y organizaba las excursiones.

Volví a clases, directo donde mis nuevos apoderados, ya yo tenía 15 años, el colegio ese año cambió de dirección y se hicieron cargo unas monjas, transformándose en un colegio mixto. Nunca había tenido la oportunidad de compartir con mujeres, salvo con mis primas, Emita y Herminda. Esto me gustó mucho, y parece que no era mal parecido, ya que al poco andar ya tenía polola, mi primera polola.
Parece que el primer amor mata, porque fue con puntada, ya se me quitaron las ganas de viajar al campo y muchas veces inventé tareas para volver rápidamente al día siguiente y sencillamente no ir. Mis papás, que estaban acostumbrados a tenerme en casa todos los fines de semana, se empezaron a extrañar por mi conducta, que se les aclaró cuando un día después de la salida de clases, me encuentro a boca de jarro, con mi padre, y yo tomado de mano. Mi papá llegó contando a casa, cual era la razón de que no quería volver al campo y que según él, yo estaba ciego, porque una niña me tenía que conducir de la mano.

La había experimentado los primeros contactos con una persona del sexo opuesto y eso me hacía un poco mas seguro.
Un día encontrándome sentado a la meza empañado de los dueños de casa, un pie desnudo se deslizó por entre mis pantalones, no podía creerlo, era la señora de mi apoderado, quién se había quitado el zapato y me tocaba con la punta del pie, por debajo de los pantalones. Me quise morir, primero de susto, porque me podían pillar y por otro lado, me daba vergüenza, ya que quién me provocaba era una persona mayor a quién yo tenía mucho respeto, además que no se me había pasado por la mente, que ella se pudiera fijar en mí, ni menos yo en ella. La verdad que esta situación me incomodó mucho. Pero esto se siguió repitiendo. Parece que ella gozaba de mi situación de apremio y del hecho que yo no pudiera defenderme o decir algo, hasta que un día y encontrándonos sólos, iba a salir a la calle y ella me bloqueó la puerta y tomándome de los hombros me atrajo hacía ella, yo estaba rojo como tomate, no sabía que hacer, pero como pude me resistí hasta que me dejó salir a la calle. Ese día llegué muy tarde y tuve que golpear la puerta, sentía mucha vergüenza. Ella me abrió la puerta y me reprochó por lo tarde que llegaba, yo ni siquiera me atreví a mirarla y sin comer, me fui a mi dormitorio. Algo andaba mal, presentía que esto no tendría un buen fin, me sentía inseguro, asustado y perturbado, no podía pensar bien. No tenía a quién contarle lo que me pasaba, menos a mis papás.
Los días transcurrieron lentos, se me hacía pesado volver a la casa y nuevamente sentía los pies por debajo de los pantalones, hubo ocasiones que incluso, cuando se sentaba al lado mío, bajo cualquier pretexto bajaba las manos y me rozaba los genitales. Eso ya para mí era terrible, ya que no me causaba ninguna exitación, al contrario me daba muchisimo miedo y no sabía como controlar.

Una noche, mi dormitorio que estaba en una especie de sala de estar al lado de la escalera en el segundo piso, y a la pasada para el dormitorio matrimonial, siento que la puerta se abre y entra una figura femenina, con una larga camisa de dormir y decirme nada, echa mis tapas hacía atrás, se sube la camisa y se sienta sobre mis partes intimas. El marido estaba en el primer piso y se sentía tocaba guitarra. Yo ante esta situación, no me atrevía ni siquiera a respirar, por miedo a que pudiera aparecer y encontrarse en esa situación. Sentí sus partes húmedas sobre mis piernas, pero el terror que sentía era mayor, así que no me atreví ni a moverme. Parece que ella se dio cuenta, de mi situación y después de tocarme con sus manos, se bajó de la posición en que se encontraba y se fué desilucionada a su cama.
Esa noche no dormí nada, todo lo que me había pasado era poco, ahora ésto, no sabía si era mejor haberme quedado interno, que pasar por esto.
Después me contaré el epílogo., chao.

jueves, 19 de junio de 2008

La historia de Pancho, cap. IX, El Maquinista

El verano transcurrió muy rápido y sumido en la melancolía volví con mi padre a Pucón, sabía que en pocos días debía volver al colegio, al internado que odiaba, pero no me atrevía a contar nada a mis padres, que seguramente querían lo mejor para mí, pero no se habían detenido a pensar si yo era feliz en ese lugar.
El año escolar comenzó, yo ya estaba mas grande y me hacía respetar por los recién llegados, había conocido al hijo de un amigo de mi padre, que llamaban el maquinista, ya su papá lo visitaba en moto y el la manejaba al interior del patio del colegio, siendo la admiración de todos.
Este papá visitaba a mi nuevo amigo casi todas las semanas y siempre me invitaba a comer algo de lo que llevaba, así es que ya no lo pasaba tan mal. En algunas ocasiones don Ovidio, me dejaba algunas monedas y me traía recados de mi casa, pero jamás supe porque no me visitaban o lo hacían tan alejadamente.
Ese año pasó rápido, sin mayores cambios que los que le he contado, la rutina casi era la misma. Eso sí, yo había cambiado en mi carácter y peleaba constantemente con mis compañeros. Alguien me dijo que yo era bueno para los puñetes y eso bastó para buscara camorra muy seguido, afortunadamente siempre pegaba primero y nadie se atrevía a enfrentarme. Yo siempre contaba con la ayuda del Maquinista, que no se separaba de mí.
Ese año se terminaba la educación primaria obligatoria y mis padres debían decidir, si iba al liceo o me quedaba en el campo. Al parecer la decisión fue que debía estudiar, porque al otro año, sin consultarme, me matricularon en el internado del Liceo de Humanidades, colegio también de curas, que estaba cargo del cura Toro, todo un personaje.

La lata es que otra vez iba a estar interno, y esta vez serían seis años, era como cumplir condena, pero la decisión estaba tomada y no me quedó mas remedio que resignarme y someterme a una nueva disciplina, que afortunadamente no era tan terrible como la del cura Antonio de la Escuela Internado Misional.

Fuera de los ramos que ya conocía, el estudio abarcaba inglés y francés, eso me encantó conocer otras lenguas para mi era fenomenal y me esmeraba por aprender lo mas posible.

El primer año de humanidades, concurrió sin mayores contratiempos, aquí nos daban permiso los fines de semana para volver al campo y viajar a casa de nuestros padres, así que la carga era menor.
El año siguiente, fue igual y no hubo mayores novedades, llegó el verano y yo viajé nuevamente con mi padre, pero esta vez montando mi propio caballo, que me daba un estatus superior, ya había crecido bastante, a pesar de ser de contextura delgada, pero mi papá se esmeraba en comprarme ropa buena así es que me veía distinto a los hijos de los trabajadores del aserradero y ahora era yo quién manejaba al grupo y organizaba los juegos y excursiones.

Pasó el verano, y de vuelta al colegio, yo ya había contado todo lo que había sufrido en el primer internado así es que mi madre se esmeraba en mandarme periódicamente cosas para comer y visitarme mas a menudo.
Habían transcurrido algunos meses y llegó el día de San Juan, mi medre fue a verme, me llevó un gran pavo asado, galletas, tortillas y galletas. Cuando se fue me dejó dinero.
Esa noche, quisimos celebrar mi Santo, me llamo Juan Francisco, pero me llamaban Pancho. al igual que a mi papá. Compramos una botella de Cinzano y esperamos que se durmieran, la gran parte de nuestros compañeros de pieza y nos reunimos en mi cama como seis de mis mas cercanos. Comimos pavo, galletas, tortillas y empezamos a beber el Cinzano, yo primera vez que bebía ese tipo de licor, pero a alguien se le ocurrió que era bueno y por eso lo compramos.
Ya con unas copas en el cuerpo, empezamos a tirar los huesos a la cabeza de los que dormían, después que a uno de los nuestros se revolviera el estómago, vomitando a la entrada del baño, la cosa se empezó a poner seria. Ya había signos de de desorden, pero lo que rebalsó el vaso fue que, decidimos pintar con betún negro la cara de los que dormían para ver sus reacciones al día siguiente.
Al otro día y al levantarnos, quedó en evidencia lo que habíamos hecho, los muchachos con las caras pintadas, huesos de pavo por todos lados, el vómito a la entrada del baño, etc. El Inspector de turno nos formó y preguntó por los autores de tal descalabro, yo salté inmediatamente y enseguida, mis demás amigos que habían compartido la celebración del santo.

Fuimos trasladados a la oficina del padre Toro, quién nos suspendió de clases y nos ordenó que volviéramos con nuestros apoderados.

Mi padre era un hombre muy estricto, pero la reprimenda no fue la que esperaba y se mantuvo en calma, acompañándome al día siguiente, ala entrevista con el padre Toro.
Este le contó con pelos y señales lo que había ocurrido y nos comunicó que a contar de esa fecha eramos expulsados del internado, pero asimismo podíamos seguir asistiendo a clase como alumnos externos. Fue lo mejor que me pudo pasar. Mi padre, que tenía una propiedad en Villarrica, me llevó a donde sus arrendatarios y ahí me quedé de pensionista. Eso da para otra historia.

La historia de Pancho, capitulo VIII, viaje a la cordillera

Ese verano mi papá cumplió su promesa y al día siguiente me llevaría a Cordillera, esto es, la frontera con la república Argentina, distante unos 90 kms. de Pucón. Todo lo que necesitaba para el viaje y la estadía de un mes, me cupo en una pequeña bolsa que mi padre amarró sobre la silla de su caballo. Recuerdo que salimos como a las cuatro de la mañana, había una luna llena que iluminaba como de día el camino y reflejaba la figura del caballo de mi papá y la mía en una larga sombra. Estaba feliz, me gustaba mucho conversar con mi papá ya que siempre tenía anécdotas que contar, ya fueran cosas que le ocurrían a él o las historias de mi abuelo, que había sido militar y que había peleado en Revolución de 1891, por las fuerzas de Balmaceda.

Llevábamos unas alforjas con comida, tortillas, huevos cocidos y uno o dos pollos asados que había preparado mi mamá para tan largo viaje. Yo iba en las ancas del negro, un caballo inmenso, seguramente de raza percherón, por lo grande que era, mi papá parecía un gigante en ese caballo, además de que era un hombre de 1.80 mts. y de mas de 100 kgs. de peso.

Al poco andar yo que iba atrás y al lado de las alforjas, ya había sacado un huevo cocido, luego otro y otro, además de probar las tortillas que todavía estaban caliente, que nos había preparado mi mamá.

Recuerdo que como a las dos de la tarde y después de haber cabalgado como ocho horas seguidas, llegamos un clandestino que vendía vino y comida para los pasajeros, en esa época, el camino no era para vehículos, y estos llegaban hasta unos diez kms. más atrás. Esa fue la primera parada, todavía siento lo que me costó poder caminar, ya mi pequeño cuerpo montado en las ancas de un tremendo caballo y mantenerme por horas con las piernas tan abiertas, hizo que se me acalambraran.

Mi padre era conocido del lugar y ordenó que le prepararan una cazuela de gallina y mientras esperaba, le trajeron un jarro con vino y a mi una guinda nobis. Me pareció deliciosa, nunca la había probado.

Después de dos horas de descanso, continuamos nuestro camino, ya nos detuvimos, nada mas que para hacer nuestras necesidades biológicas, hasta que como a las 12.00 de la noche, y después de haber subido una gran cuesta, llegamos a un campamento, que se asemejaba a una tribu siux, que había visto en las revistas de cawboys. Había una gran empanada, las instalaciones de una aserradero con el locomovil que aún humeaba y a su alrededor una cincuenta chozas confeccionada con madera en forma de A, y de las cuales aparecía una pequeña luz producto del fogón que ardía en su interior. Varias personas salieron a recibir a mi padre. Le atendieron el caballo, soltaron la montura y bajaron nuestras pertenencia, que trasladaron una casa mas grande, distinta al resto, por que era similar a las construcciones que yo conocía, era amplia y sin ventanas, sólo se habrían una tarimas para que entrara la luz y una puerta con una gran tranca en su interior, era la casa del patrón, todos lo llamaban así, algunos los menos le decían don Pancho, pues se llamaba igual que yo.

Instalado en la casa, una señora que ayudaba a mi padre, preparó mi cama, yo creo apenas me quité los zapatos y ya estaba durmiendo. No se cuanto tiempo transcurrió pero creí que apenas me había dormido, cuando un atronador ruido me hizo despertar de un salto, mi padre ya se había levantado y entraba a la casa, era el pito del aserradero que llamaba a los trabajadores a iniciar la jornada. Después supe, esta empezaba a las 6.00 de la mañana.

Ese día, me levanté y la señora que atendía a mi padre, me preparó un desayuno consistente en harina tostada frita en un sarten, huevos revueltos y leche, además de tortilla de rescoldo, me pareció delicioso.

Estaba ansioso por saber que ocurría en el exterior. Eran un mar humano en actividad, la maquinaria sonando, hombres acarreando madera en hombros y haciendo castillos con ella; carretas que llegaban con trozos de madera para aserrear; el ruido de la sierra que partía los troncos; otros que acarreaban aserrín y lo amontonaban en una gran pila a cien metros de las maquinas y que corrían con unas carretillas por una especie de entarimado; hombres que con una enormes herramientas apilaban los troncos que con bueyes llevaban al aserradero.
Mi padre estaba en todas partes impartiendo instrucciones y vigilando, su figura era inconfundible, vestía distinto a los trabajadores, que calzaban ojotas de cuero y algunos una sandalias de goma de neumáticos, además de sombreros muy raídos y chombas de lana de oveja.
El al contrario, hasta se veía elegante, botas de cuero hasta la rodilla, con grandes correas , que cubrían parte del pantalón, sombrero que se veía casi nuevo en comparación con el de los trabajadores y un gran revólver que colgaba de su cintura, que yo me imaginaba a John Wayne.

Todos los niños se juntaban junto a la ruma de aserrín y se deslizaban por el como en una gran duna, de primero me miraban como atemorizados, pues ya habían sido advertidos por su padres, que había llegado el hijo del patrón y que debían cuidarme y respetarme, pues si algo me pasaba, iban a sufrir la ira de mi padre. Pero de a poco me aceptaron y pude incluirme en su juegos.
El tiempo pasó volando, encontré entretenidos a los nuevos amigos y todos los días haciamos cosas nuevas, corríamos ladera abajo en carromatos de cuatro ruedas que manejabamos con los pies, salíamos a pescar una río que pasaba muy cerca, buscábamos frutillas silvestres, cazábamos lagartijas, en fin mil cosas. Luego, le contaré mas.

La historia de Pancho, capitulo VII. El Ventana

Llegó el segundo verano y nuevamente sentí la alegría de llegar a mi casa, llenar mis pulmones de aire fresco, correr entre los arboles, corretear con mi perro, salir a pescar, creerme Tarzán entre la selva (yo ya había leído algunas revistas de este héroe que llevaban los alumnos externos).Mi primo había terminado de estudiar, creo que llegó a quinto básico, quinto preparatorias de esa época, así es que me encontré con el en esas vacaciones. El era mi héroe, montaba como un centauro y yo lo miraba embobado su destreza para correr apenas con un saco y pequeño lazo en un hermoso alazán, que según mi padre era salvaje.Este caballo se llamaba El Ventana, tenía una especie mascarilla negra sobre la frente y de ahí que le colocaron ese nombre. El Ventana había sido de propiedad de un vecino, que para no sacrificarlo, lo regaló a mi padre, ya que tiempo atrás, y mientras cabalgaba su único hijo hombre Edgardito, éste caballo se habría encabritado, votándolo al suelo, falleciendo el lugar producto del golpe. El hecho fue muy comentado en todo Pucón, pero nadie sabía que el caballo había sido regalado a mi padre.Mi papá dejó el caballo en una especie de isla que la formaban dos ríos y nos prohibió acercarnos a ese animal que era un asesino de hombre. Imaginen se un caballo en que por año, no le corten la cola, las pezuñas y la tuza, se veía impresionante cuando solo galopaba en círculos por la isla.Mi primo, sin que nadie supiera, escondido de mis padre, tomaba ese caballo, que según él era muy manso y galopaba por horas, como un ángel alado. De vez en cuando y mientras yo lo miraba, accedía a darme una vuelta a las ancas del corcel. Ahí era la felicidad completa, yo me aferraba a la cintura del jinete y dábamos vueltas y vueltas, hasta que el caballo, cubierto de sudor, empezaba a resoplar y pedir descanso.Ese año, mi padre que trabajaba por temporadas fuera de casa, vino a vernos y me ofreció llevarme con el por unos días al lugar cerca de la frontera donde trabajaba en la explotación de bosques fiscales a concesión

miércoles, 18 de junio de 2008

La historia de Pancho, capitulo VI.

Llegó el segundo verano y nuevamente sentí la alegría de llegar a mi casa, llenar mis pulmones de aire fresco, correr entre los arboles, corretar con mi perro, salir a pescar, creerme Tarzan entre la selva (yo ya había leído algunas revistas de este héroe que llevaban los alumnos externos).

Mi primo había terminado de estudiar, creo que llegó a quinto básico, preparatorias de esa época, así es que me encontré con el en esas vacaciones. El era mi héroe, montaba como un centauro y yo lo miraba embobado su destreza para correr apenas con un saco y pequeño lazo en un hermoso alazán, que según mi padre era salvaje.



Este caballo se llamaba El Ventana, tenía una especie mascarilla negra sobre la frente y de ahí que le colocaron ese nombre.

El Ventana había sido de propiedad de un vecino, que para no sacrificarlo, lo regaló a mi padre, ya que tiempo atrás, y mientras cabalgaba su único hijo hombre Edgardito, éste caballo se habría encabritado, botándolo al suelo, falleciendo el lugar producto del golpe. El hecho fue muy comentado en todo Pucón, pero nadie sabía que el caballo había sido regalado a mi padre.

Mi papá dejó el caballo en una especie de isla que la formaban dos rios y nos prohibió acercarnos a ese animal que era un asesino de hombre. Imaginen se un caballo en que por año, no le corten la cola, las pezuñas y la tuza, se veía impresionante cuando solo galopaba en circulos por la isla.

Mi primo, sin que nadie supiera, escondido de mis padre, tomaba ese caballo, que según él era muy manso y galopaba por horas, como un ángel alado. De vez en cuando y mientras yo lo miraba, accedía a darme una vuelta a las ancas del corcel. Ahí era la felicidad completa, yo me aferraba a la cintura del jinete y dabamos vueltas y vueltas, hasta que el caballo, cubierto de sudor, empezaba a resoplar y pedir descanso.



Ese año, mi padre que trabajaba por temporadas fuera de casa, vino a vernos y me ofreció llevarme con el por unos días al lugar cerca de la frontera donde trabajaba en la explotación de bosques fiscales a concesión